Gustas pero asustas, me dijo un día un buen amigo con quien alguna vez tuve una relación amorosa, corta pero bonita. Él se refería a mi “costumbre” (esa fue la palabra que usó) de decir las cosas que pienso en público y sin vergüenza, sobre todo, las que se refieren al sexo y las relaciones libres y sin culpa que las mujeres tienen derecho a vivir. Pensé que, entre cosas, esa forma de ver la vida era lo que le gustaba de mí pero, según me explicó, escribir sobre eso y compartir mis opiniones en las redes sociales podía enviar el mensaje equivocado. Su temor, explicó, era que la gente me asuma como alguien promiscua o demasiado liberal. 

Mi sorpresa fue mayor porque además de calificarme de inteligente y exitosa profesional pensaba que mi “excesiva” independencia terminaba por asustar a los hombres que “necesitaban” sentirse proveedores. Comprendí, entonces, que él y yo nunca pasaríamos de ser amigos.

Hace unos días leí un artículo de The New York Times compartido en twitter por Hugo Ñopo acerca del costo emocional que deben pagar las mujeres que trabajan y tienen logros profesionales. Eso me llevó a recordar varias anécdotas de mi vida. Cuando terminé mi carrera universitaria a los 22 años mi pareja en aquel entonces me pidió casarnos. Yo recién comenzaba a trabajar y mi prioridad era avanzar en mi profesión. Su propuesta no solo incluyó el matrimonio, sino hijos de inmediato, dejar el trabajo y esperarlo en casa todas las noches con la comida y la cama calientes. Así que la respuesta fue NO. Cuatro años después se repitió la historia y la respuesta fue la misma. “Te admiro, pero no puedo con tu carrera, paras en la calle”, señaló varias veces justificándose en los celos y reclamando tiempo para él. Entonces decidió ser infiel.

Cuando mi carrera periodística iba viento en popa me enamoré de nuevo. Todo iba de maravilla pero teníamos un pequeño problema, yo ganaba más que él. Ese detalle, aunque no lo crean, terminó por ser el motivo para que él decida terminar la relación y portarse como un patán. Años después me confesó que no pudo manejar mi avance profesional sobre el suyo y me pidió disculpas por ello.

Las mujeres, en general, solemos ser juzgadas por muchas cosas. En mi caso por haber decidido no casarme ni tener hijos, y poner por encima mi profesión y mi libertad. Me han llamado egoísta y hasta me han mirado con cierto aire de pena y desdén por no tener esposo y niños. “Te quedaste sola” alguna vez oí. Incluso a mi entorno más cercano le ha sido difícil entender que la maternidad me es absolutamente indiferente y que el matrimonio me parezca una atadura innecesaria. Me gusta la compañía, por supuesto, para ciertos momentos y la soledad para otros.

Estas son mis historias pero conozco otras de cerca. Amigas con carreras exitosas a las que juzgan por lo contrario, tener hijos y esposo para no dedicarse a ellos. Que viven matrimonios difíciles porque sus sueldos son más altos que el esposo y deben lidiar con los complejos de este. Y no, no son hechos aislados, el artículo al que hice referencia líneas arriba recoge data que avala mi afirmación. Por ejemplo, un estudio sueco sobre las diferencias de género concluye que en una contienda electoral ganar aumenta la probabilidad de divorcio para las candidatas pero no para los hombres. El mismo documento precisa que el éxito corporativo genera las mismas consecuencias, las mujeres que llegan a dirigir empresas tienen tasas más altas de divorcio que otras.

El mismo artículo cita otros estudios según los cuales los hombres son menos propensos a tener citas con mujeres más exitosas y ambiciosas que ellos. De igual manera, las mujeres solteras que busca de una relación temían que la ambición, trabajar duro y ganar mucho dinero las hiciera menos atractivas a la hora de encontrar una potencial pareja.

En difícil ser mujer en estos tiempos, incluso para aquellas que logran con esfuerzo alcanzar el éxito. Hasta por eso nos pasan factura y pagamos impuestos como bien señala el New York Times.